Aqui este pequeño relato que hace mucho le prometi a don Cesar, perdon por eso,lo saque de un cuento que nos encargaron escribir en la prepa,lo cambie un poco y despues lo publique, ojala les guste, lo comparto con ustedes que tambien comparten sus obras. Sean sinceros e inmisericordes en sus cometarios.
Cambio.
En la humedad.
En ese momento imaginaba que todo era normal, que las casas estaban habitadas, que solo se escondían de mí y que detrás de las oscuras ventanas entabladas se ocultaban miradas curiosas observándome.
Todo estaba en silencio, largo y retumbante silencio. Vibrante y constante como el zumbido de un insecto, pero mudo.
Era una mañana nublada y fría, bastante fría. El cielo de un gris hermoso. Esos días me facilitan el pensamiento, me ponen a imaginar, a evocar. Será tal vez que el aire fresco ayuda al cerebro y lo estimula, o quizá, únicamente es que en los días de blanco y negro la nostalgia y la soledad se adentran en mi alma, revolviéndola, agitándola, trayendo recuerdos, sueños y deseos.
Siempre me han gustado estos días, días de tenue lluvia. Lluvia las 24 horas humedeciendo las cosas, banquetas, ventanas, el asfalto, la tierra, la ropa, el cabello, en fin, todo. No llega a transformarse en una tempestad, simplemente el agua se deja caer suavemente sobre las cosas. Es un rocío, es humedad. El cielo sabe que no requiere hacer una tormenta, sabe que controla, que subyuga y no es necesita mostrar su fuerza. Todo lo que puede hacer y solo es agua.
Del otro lado estaba la prepa, seguí caminando hasta llagar a la orilla de la banqueta y allí me detuve para mirar a ambos lados antes de cruzar la calle. Eso fue tonto porque sabía que no pasaría ningún automóvil, de seo podía estar seguro. Vi todo lo que había cambiado, lo que ya no es. Veía casas deterioradas, como gimiendo por ser habitadas ya algunas medio derrumbadas, enmohecidas llenas de abandono solamente, apenas con fuerzas para mantenerse de pie con la esperanza de ser habitadas. Algún día cederán y seguirán solas; eso es lo que les espera.
Cruce hasta el otro lado. Con el espacio que quedo cuando el algetreo de la gente que iba y venia se termino (espacio en el viento sin macula). Mis pasos se hacían mas pesados, los amplificaba el silencio, los sentía vibrar por toda la calle, manchando la atmosfera tan pulcra, rasgándola con cada pisada, doblando la hierba, el pasto descuidado que se apodera de cualquier grieta en el piso para rellenarla.
Luego, creo, de mucho tiempo (en medio de la tensión y el nerviosismo el tiempo parece cuajar y su andar se vuelve mas perezoso). Llegue hasta el patio que recibía a los estudiantes antes de llegar a la puerta de la escuela, antes.
La puerta estaba abierta, solo obstruían mi paso los rehiletes oxidados. Pase por uno de ellos, lo empuje y su chillido atravesó el patio cívico como un relámpago. Seguí empujando y el agudo sonido seguía produciéndose; me dolían los tímpanos. El olor al entrar era suave, dulzón, amaderado, como el de libro viejo, no me desagrada aunque termina por producirme nauseas. Después vino el aire frio de característico de la mañana que apago aquel olor, ese aire curiosamente lleno de vida que destapa las fosas nasales y refresca el pecho, siento que no quiero exhalar porque temo que al salir ese vaho se va a congelar, que va a cristalizarse y después a caer al suelo para hacerse pedacitos; temo que no volvería a respirarlo.
Aunque la escuela parecía igual, los mismos edificios, los mismos jardines y adornos… algo había cambiado, mejor dicho todo había cambiado y no se podía ocultar, pues, donde antes había puntos luminosos, risas, compañeros y vida, ahora había hierba mala sin podar, mugre, algún bicho y desolación, todo tan raro.
Mientras caminaba a través de la escuela miraba hacia dentro de las aulas. Creí ver un maestro con una regla señalando el pintarron y frente a él unos 30 o 35 alumnos con la cabeza entre los brazos apoyados en las paletas de los pupitres, escuchando aburridos. Me parecía percibir ecos, de risas, de voces, de balones rebotando en las canchas, de pasos extraños ajenos a los míos. Tal vez eran hologramas, producto de mi imaginación, formas borrosas, tenues, que se desvanecían en las orillas de mis sentidos. Quizá fantasmas, quizá recuerdos acibarados que venían a confundirme.
Aturdido y con algo de miedo llegue a los últimos salones, los que se encuentran solo después de haber atravesado toda la prepa, los que estaban mas arrumbados. Esos salones eran mas lúgubres. Estaban mas carcomidos. Ahora la naturaleza volvía a tomar todo. Verdor trepando los muros, los postes; apoderándose de todo.
No sé porque tenía que ir allí, no había ningún motivo, simplemente tenia la necesidad de ir a ese lugar, para recordar algo o ver a alguien, no lo sé. Algún impulso me hizo subir, algo me decía que estaba en la planta alta de esa ala. Subí los escalones apresurado, angustiado por la incertidumbre. Eran pocos peldaños, pero me agobio subirlos. Ya en el pasillo, arriba en el techo llamo mi atención una mancha marrón, a lo mejor la huella de alguien que se dio un tiro. Ya había visto varias.
A mi derecha estaban los 4 salones formados: 6º A, 6º B, 6ºC, 6ºD. Pase los primeros tres; se veían idénticos, con los pupitres arremolinados el fondo, empolvados y en completo desorden, tirados en el piso cubiertos con telarañas. Salones abandonados y vacios.
Despacio anduve hasta llegar al ultimo salón. Empuje la puerta y esta abrió. Sin sentir di dos o tres pasos, después alce la vista y un nudo se cerró en mi garganta; sentí ganas de orinar, de correr, pero el terror ya me había alcanzado. Pronto volví en mí y observe atónito la montaña de cuerpos desnudos apilados en el salón. Estaban blancos, frígidos, inmóviles, muertos. Unos estaban de espaldas, unos doblados, otros con la boca entreabierta, al final se fundían en uno solo. Los sentía como deslizándose, sentía que me dirían algo; no harían nada.
No lo soporte mas y salí corriendo de ese lugar, los abandone en ese abismo donde se pudrirían. Abrumado y con el corazón a punto de explotar llegue hasta el parque donde me senté en una de sus bancas. Me calme y calcule el tiempo ¿los mire por un minuto o fueron unos segundos?, seguí pensando. De pronto me estremecí como, como si mi cuerpo estuviera efervesciendo, desintegrándose. Con tristeza me di cuenta de que ya todo se había ido a la mierda, que solo quedaba esperar lo inevitable. Me sentía solo.
Cambio.
En la humedad.
En ese momento imaginaba que todo era normal, que las casas estaban habitadas, que solo se escondían de mí y que detrás de las oscuras ventanas entabladas se ocultaban miradas curiosas observándome.
Todo estaba en silencio, largo y retumbante silencio. Vibrante y constante como el zumbido de un insecto, pero mudo.
Era una mañana nublada y fría, bastante fría. El cielo de un gris hermoso. Esos días me facilitan el pensamiento, me ponen a imaginar, a evocar. Será tal vez que el aire fresco ayuda al cerebro y lo estimula, o quizá, únicamente es que en los días de blanco y negro la nostalgia y la soledad se adentran en mi alma, revolviéndola, agitándola, trayendo recuerdos, sueños y deseos.
Siempre me han gustado estos días, días de tenue lluvia. Lluvia las 24 horas humedeciendo las cosas, banquetas, ventanas, el asfalto, la tierra, la ropa, el cabello, en fin, todo. No llega a transformarse en una tempestad, simplemente el agua se deja caer suavemente sobre las cosas. Es un rocío, es humedad. El cielo sabe que no requiere hacer una tormenta, sabe que controla, que subyuga y no es necesita mostrar su fuerza. Todo lo que puede hacer y solo es agua.
Del otro lado estaba la prepa, seguí caminando hasta llagar a la orilla de la banqueta y allí me detuve para mirar a ambos lados antes de cruzar la calle. Eso fue tonto porque sabía que no pasaría ningún automóvil, de seo podía estar seguro. Vi todo lo que había cambiado, lo que ya no es. Veía casas deterioradas, como gimiendo por ser habitadas ya algunas medio derrumbadas, enmohecidas llenas de abandono solamente, apenas con fuerzas para mantenerse de pie con la esperanza de ser habitadas. Algún día cederán y seguirán solas; eso es lo que les espera.
Cruce hasta el otro lado. Con el espacio que quedo cuando el algetreo de la gente que iba y venia se termino (espacio en el viento sin macula). Mis pasos se hacían mas pesados, los amplificaba el silencio, los sentía vibrar por toda la calle, manchando la atmosfera tan pulcra, rasgándola con cada pisada, doblando la hierba, el pasto descuidado que se apodera de cualquier grieta en el piso para rellenarla.
Luego, creo, de mucho tiempo (en medio de la tensión y el nerviosismo el tiempo parece cuajar y su andar se vuelve mas perezoso). Llegue hasta el patio que recibía a los estudiantes antes de llegar a la puerta de la escuela, antes.
La puerta estaba abierta, solo obstruían mi paso los rehiletes oxidados. Pase por uno de ellos, lo empuje y su chillido atravesó el patio cívico como un relámpago. Seguí empujando y el agudo sonido seguía produciéndose; me dolían los tímpanos. El olor al entrar era suave, dulzón, amaderado, como el de libro viejo, no me desagrada aunque termina por producirme nauseas. Después vino el aire frio de característico de la mañana que apago aquel olor, ese aire curiosamente lleno de vida que destapa las fosas nasales y refresca el pecho, siento que no quiero exhalar porque temo que al salir ese vaho se va a congelar, que va a cristalizarse y después a caer al suelo para hacerse pedacitos; temo que no volvería a respirarlo.
Aunque la escuela parecía igual, los mismos edificios, los mismos jardines y adornos… algo había cambiado, mejor dicho todo había cambiado y no se podía ocultar, pues, donde antes había puntos luminosos, risas, compañeros y vida, ahora había hierba mala sin podar, mugre, algún bicho y desolación, todo tan raro.
Mientras caminaba a través de la escuela miraba hacia dentro de las aulas. Creí ver un maestro con una regla señalando el pintarron y frente a él unos 30 o 35 alumnos con la cabeza entre los brazos apoyados en las paletas de los pupitres, escuchando aburridos. Me parecía percibir ecos, de risas, de voces, de balones rebotando en las canchas, de pasos extraños ajenos a los míos. Tal vez eran hologramas, producto de mi imaginación, formas borrosas, tenues, que se desvanecían en las orillas de mis sentidos. Quizá fantasmas, quizá recuerdos acibarados que venían a confundirme.
Aturdido y con algo de miedo llegue a los últimos salones, los que se encuentran solo después de haber atravesado toda la prepa, los que estaban mas arrumbados. Esos salones eran mas lúgubres. Estaban mas carcomidos. Ahora la naturaleza volvía a tomar todo. Verdor trepando los muros, los postes; apoderándose de todo.
No sé porque tenía que ir allí, no había ningún motivo, simplemente tenia la necesidad de ir a ese lugar, para recordar algo o ver a alguien, no lo sé. Algún impulso me hizo subir, algo me decía que estaba en la planta alta de esa ala. Subí los escalones apresurado, angustiado por la incertidumbre. Eran pocos peldaños, pero me agobio subirlos. Ya en el pasillo, arriba en el techo llamo mi atención una mancha marrón, a lo mejor la huella de alguien que se dio un tiro. Ya había visto varias.
A mi derecha estaban los 4 salones formados: 6º A, 6º B, 6ºC, 6ºD. Pase los primeros tres; se veían idénticos, con los pupitres arremolinados el fondo, empolvados y en completo desorden, tirados en el piso cubiertos con telarañas. Salones abandonados y vacios.
Despacio anduve hasta llegar al ultimo salón. Empuje la puerta y esta abrió. Sin sentir di dos o tres pasos, después alce la vista y un nudo se cerró en mi garganta; sentí ganas de orinar, de correr, pero el terror ya me había alcanzado. Pronto volví en mí y observe atónito la montaña de cuerpos desnudos apilados en el salón. Estaban blancos, frígidos, inmóviles, muertos. Unos estaban de espaldas, unos doblados, otros con la boca entreabierta, al final se fundían en uno solo. Los sentía como deslizándose, sentía que me dirían algo; no harían nada.
No lo soporte mas y salí corriendo de ese lugar, los abandone en ese abismo donde se pudrirían. Abrumado y con el corazón a punto de explotar llegue hasta el parque donde me senté en una de sus bancas. Me calme y calcule el tiempo ¿los mire por un minuto o fueron unos segundos?, seguí pensando. De pronto me estremecí como, como si mi cuerpo estuviera efervesciendo, desintegrándose. Con tristeza me di cuenta de que ya todo se había ido a la mierda, que solo quedaba esperar lo inevitable. Me sentía solo.
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